Tardes con Mallarmé

Siempre me he preguntado cómo sería entrar en el salón de Stéphane Mallarmé un martes por la noche. La luz tenue, el humo suspendido en el aire, las voces que no discuten, sino que sugieren. Allí, entre otros, se sentaba Claude Debussy, absorbiendo palabras que luego transformaría en música. El Preludio a la siesta de un fauno nació directamente de un poema de Mallarmé: L’après-midi d’un faune. Cuando Mallarmé la escuchó, quedó fascinado: dijo que la música prolongaba la emoción de su poema más allá de las palabras. No eran reuniones para afirmar ideas, sino para desdibujarlas. Me pregunto qué palabras surgían, qué ideas o preguntas rondaban sus cabezas. La curiosidad no solo nos permite descubrir cosas nuevas; transforma nuestra manera de mirar lo que ya existe. Claude Monet pintó alrededor de 30 versiones de la catedral de Ruan (Rouen), en Francia para explorar cómo la luz transforma lo que vemos. Y si esto es así, también nuestras emociones.

Años después, en otro país, otro grupo se reunía también para pensar —o quizá para sentir— el mundo de otra manera. El Grupo de Bloomsbury, con figuras como Virginia Woolf, Roger Fry o Vanessa Bell, cuestionaba las estructuras narrativas tradicionales y exploraba la conciencia como territorio literario y artístico. No hay pruebas de que Woolf leyera a Mallarmé en esas mismas noches de conversación, ni de que Debussy cruzara el canal para debatir en Bloomsbury. Pero hay algo que los une: una misma desconfianza hacia lo evidente.

Cuando Woolf escribe La señora Dalloway, el tiempo deja de ser lineal y se convierte en una experiencia interior, casi musical— y aquí vuelve mi bola personal e intransferible—. No existo en un ahora: vivo en una línea de recuerdo mezclado con presente y futuro. Soy entropía. Woolf hizo algo inimaginable: salió del tiempo para formar olas. Y me es difícil no pensar en Debussy cuando pienso en ella, en cómo sus composiciones disuelven la estructura clásica para crear atmósferas. Ambos, desde lenguajes distintos, parecen responder a una misma pregunta: ¿cómo capturar lo efímero?

Representar la sensación de algo que se derrite como un trozo de hielo en mis manos es entrar en una zona sin tiempo, como una conexión llena de color, atmósfera y sugerencia. Esa sensación que se escapa es como una onda, un sonido que dice y una palabra que suena: el tiempo se lo ha llevado ya. Música y lenguaje, Debussy y Woolf. Ritmo, repeticiones, variaciones, silencios. El sentido emerge del flujo, de unidades aisladas que se unen hasta formar distintos universos.

Una conexión de almas. Como si en distintos rincones de Europa, sin tocarse, estas mentes estuvieran afinando el mismo instrumento invisible.

Imagino, entonces, un diálogo imposible: Mallarmé sugiriendo, Debussy escuchando, Woolf escribiendo. Tres formas de rodear lo inasible. A mi bola personal e intransferible le han salido alas. Se ha convertido en onda, en olas, en ideas, en mí.

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Marian Hermosilla Blog
Entre partituras, libros y silencios, comparto reflexiones sobre la sensibilidad, la emoción y la búsqueda de sentido.

Marian Hermosilla

Las horas largas

Reflexiones, sensibilidad y búsqueda de sentido reunidas en un libro que nace de las mismas inquietudes que habitan estas páginas.