La cucaracha el piano y el abismo feliz

Hay una felicidad que no llega cuando añadimos cosas, sino cuando empezamos a desprendernos de ellas. Como si el alma estuviera demasiado llena. Plena de cicatrices en forma de nombres, de caras y afectos, de desafectos, incluso de odio. Últimamente he pensado mucho en eso leyendo a Clarice Lispector. En La pasión según G.H., una mujer se enfrenta a una cucaracha y, al hacerlo, termina enfrentándose a la materia desnuda de la existencia.

La cucaracha de Lispector no es un símbolo fácil. No representa simplemente lo sucio o lo monstruoso. Es algo más incómodo: lo indiferente. La vida anterior al sentido. ¿Se puede volver a ella? La existencia sin maquillaje moral ni sentimental. Cuando G.H. mira a la cucaracha triturada, siente que se resquebraja también la arquitectura delicada de su identidad. Y quizá eso sea precisamente lo insoportable: descubrir que debajo de nuestras emociones más nobles existe una capa primitiva, muda, neutra. O quizá eso sea precisamente el inicio de nuestra nueva construcción: algo que no duele, que no llora.

Porque a veces los sentimientos funcionan como decoraciones del yo. Los cultivamos, los repetimos, los convertimos en yoes. Incluso el dolor puede transformarse en una forma de narcisismo espiritual. Nos identificamos tanto con ciertas heridas que terminamos creyendo que sin ellas desapareceríamos. ¿Y si desaparece una parte de nuestra esencia? ¿Seguiríamos siendo?

Entonces aparece Lispector para decirme algo brutal: tal vez haya vida después del sentimiento. No una vida fría, sino una vida más desnuda. Eso no me gusta, está fuera de mi alcance y busco razones para contrarrestar la pérdida de mi hermoso traje.

Y de repente, en esa desnudez, encuentro algo que conecta inesperadamente con Friedrich Nietzsche, con la necesidad de soledad.

Nietzsche desconfiaba de los sentimientos que terminan convirtiéndose en una forma de identidad. El ser humano puede llegar a aferrarse a su propia debilidad, a encontrar en ella una razón para ser quien es. La soledad es la verdad, sin distracciones superfluas, sin confrontación de individuos: quid pro quo, no os necesito, no me necesitáis. ¿Termino adorando aquello que me debilita porque me otorga identidad? Desprenderse no sería entonces volverse insensible, sino dejar de necesitar aquello que nos hace sufrir. ¿Cómo se hace?

Soy amazona errante, me gusta. Huyo de la emoción para empuñar una espada. Ya no necesito nada.

Quizá la felicidad tenga algo de eso: no necesitar.

No una euforia permanente ni una paz ingenua, sino la capacidad de aceptar la pérdida de ciertas emociones sin sentir que uno pierde el alma. El alma al que tanto aludía Franz Liszt. Pienso en él, en Franz Liszt mientras escribo esto. En su música siempre hay un exceso: tormenta, vértigo, dramatismo, pasión teatral. Compuso novelas sonoras, clásicos de la literatura. Cuando lo escuchas es como leer a Homero. Y aun así, él también lo hizo. Sus últimas obras parecen escritas por alguien que ya ha cruzado el incendio. En piezas tardías como Nuages gris o La lúgubre góndola, Liszt se vacía de emoción y de ornamentación. Ya no busca deslumbrar. Ya no necesita conquistar al público ni incendiar el teclado. La música queda reducida casi a hueso: a un temblor mínimo. Como leer un cuento de Mansfield.

Como si después del virtuosismo solo pudiera quedar la verdad. ¿Dónde está la verdad?

Y quizá ahí se cruzan Lispector, Nietzsche y Liszt, y yo tímidamente me infiltro en ellos.

Los tres atraviesan una demolición del yo sentimental. Como cada uno de nosotros ellos buscan otro traje. Lispector entra en la materia indiferente de la cucaracha. Nietzsche dinamita las emociones que esclavizan. Liszt termina escribiendo desde una austeridad espiritual que llega después del exceso.

Eso asusta. Porque estamos acostumbrados a creer que sentir mucho significa vivir mucho. Pero quizá vivir mucho consista también en aprender a soltar sentimientos que ya no son vida, sino repetición. No creo en la repetición. Cada mañana todo es distinto aunque yo no lo vea. Creo en el sentimiento porque sé que está pegado a la vida como el mar a la tierra.

Tal vez la felicidad no sea acumular emociones hermosas. ¿Y quién ha dicho eso?

Tal vez sea poder mirar la cucaracha —lo real, lo desnudo, lo impersonal— sin huir. Soy amazona errante y empuño una espada. Y aun así seguir escuchando música. Y me pregunto: ¿habría podido Liszt componer el episodio contemplativo de su sonata sin alma, privado de cualquier emoción? Hay algo que se me escapa.¿Dónde está la verdad? ¿La verdad existe?¿Podemos desprendernos del sufrimiento sin desprendernos de aquello que nos hace humanos?

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Marian Hermosilla Blog
Entre partituras, libros y silencios, comparto reflexiones sobre la sensibilidad, la emoción y la búsqueda de sentido.

Marian Hermosilla

Las horas largas

Reflexiones, sensibilidad y búsqueda de sentido reunidas en un libro que nace de las mismas inquietudes que habitan estas páginas.