Hay libros que se leen, y hay libros que te obligan a detenerte, a releer una frase, a quedarte en silencio sin saber muy bien qué acaba de pasar dentro de ti e incluso que le pasó a la escritora para describir tan bien la nada. Digo la nada en sentido metafórico de descomposición de todo hasta dejarlo calvo.
La pasión de G.H., de Clarice Lispector, pertenece a ese tipo de obras que no se dejan consumir fácilmente.
La historia, en apariencia, es simple: una mujer entra en la habitación de su empleada. Pero pronto queda claro que lo importante no es lo que sucede fuera, sino lo que empieza a desmoronarse dentro. G.H. no solo observa ese espacio, sino que se enfrenta a una experiencia que desborda su manera habitual de entender el mundo.
Lispector trabaja con el lenguaje de una forma muy particular. No busca explicar, sino acercarse a algo que siempre parece escaparse. Hay repeticiones, interrupciones, pensamientos que se corrigen a sí mismos. Y en ese intento casi desesperado por decir lo indecible, la escritura se vuelve profundamente humana. No perfecta, no ordenada, sino vulnerable.
A medida que avanzas, hay una sensación extraña: como si el “yo” de la protagonista empezara a perder consistencia. Lo que al principio parece una crisis se transforma en otra cosa, más difícil de nombrar. Una especie de contacto con lo esencial, con algo anterior a las palabras, a las ideas, a la identidad tal como la entendemos.
Leer esta novela no es cómodo. Hay momentos de rechazo, incluso de incomprensión. Pero también hay una cercanía inesperada, como si en medio de esa experiencia tan extrema hubiera algo reconocible. Algo que toca una parte muy íntima, aunque no sepamos explicarla.
Quizá ese sea el gesto más potente del libro: no ofrecer certezas, sino abre la idea como si fuera un cuerpo en descomposición.
Después de leer este libro una imagen fija ha colonizado mi mente: una cucaracha, la de Lispector. Si recordaremos siempre la magdalena de Proust como la llamada a la memoria, de la misma manera, recordaremos la cucaracha de Lispector como la destrucción de la misma.