No paro de pensar, de preguntarme quién soy. A veces, me observo alejada y veo todas las versiones que he sido, soy; e incluso, las que seré: aquella niña llena de curiosidad, aquella adolescente que quería comerse el mundo, aquella joven que soñaba con ser todo a la vez… y después, la madre entregada al cien por cien, aunque alguna amiga, con cariño, intentara enseñarme que también estaba bien dedicarse solo un diez por ciento.
Con el paso del tiempo, la vida se ha ido colocando en su sitio. Bueno, eso creía, al menos. Ahora tengo una vida cómoda, estable, segura. Y, sin embargo, hay algo dentro de mí que añora profundamente a aquella madre que no tenía casi nada y lo daba todo. Aquella mujer cansada, desbordada a ratos, pero tan presente. Tan conectada. Tan viva en cada gesto cotidiano.
Y me pregunto, no sé en qué momento se infiltró esta duda, si quiero igual a mis hijos ahora que cuando eran pequeños. Si ese amor inmenso se transforma, se diluye o simplemente cambia de forma. Todos sabemos que la vida es un continuo cambio, una evolución, que dudo se dé en todas y cada una de las personas. ¿Acaso no hay individuas o individuos que no evolucionan, es más, involucionan? Pero lo que más me preocupa, en este momento, es la sensación de que mis hijos no son los que tanto amé. De improviso, han aparecido un hombre con barba y una mujer desconocida en mi casa. ¿Cuál es mi realidad? Sí, sí, sí, ya lo sé. Los niños crecen… Pero no me refiero a eso. ¿Cuál es la realidad del amor a quien va dirigido todo? Me pregunto si ese ahora real es el mismo que el de entonces; no en sentido literal, sino abstracto, o si solo es la nostalgia la que se vuelve más intensa, más pura, más verdadera o, al contrario, la enturbia y distorsiona. ¿Idealizar? ¿Todo lo que ahora veo está pintado o lo pinté mucho antes? ¿La realidad es más intensa cuando la vives o cuando la recuerdas?
Hay una bola. Siento que dentro de mí hay una especie de bola donde se encuentra mi yo y con él todas las personas importantes en mi vida: mis recuerdos, mi pasado, mis deseos, mis miedos, mis dudas, mis ilusiones, mi futuro. Todo mezclado. Todo ocurriendo al mismo tiempo, no en un orden sino en un flujo circular constante. Y si fuese esa la verdad individual y única: una suma caótica de momentos, emociones y pensamientos que se superponen sin pedir permiso. Cada uno, la suya. Falta la intersección.
Me pregunto, y sigo constante, sin pausa, si la realidad de mis hijos será la misma cuando sean mayores y yo ya no sea. En su bola, en su intersección yo debería estar; y si soy longeva, habrá aparecido una anciana desconocida en sus vidas. Pero sí estaré en su memoria, en su forma de amar, en su manera de mirar el mundo. Viviré en cada gesto que aprendieron, en cada palabra que escucharon, en cada abrazo que les di. Y entonces me pregunto: ¿eso también es realidad? Frases hechas que no significan nada para mí. Me sigo preguntando lo mismo y al mismo tiempo no sé ejecutar bien la pregunta: ¿El pasado muere?Tal vez la realidad no sea solo lo que vemos y tocamos, sino también todo aquello que permanece cuando ya no está. Tal vez vivir sea ir dejando pequeñas huellas invisibles en los demás. Y quizá, al final, lo único que realmente somos es eso: lo que sembramos en el corazón de quienes amamos. Esto también es precioso, pero no me vale. ¿Será la misma realidad cuando mi hijo sea mayor y yo no esté? En esa bola no estaré, pero en mi pensamiento futuro con él sí. ¿Es eso la realidad? ¿Qué es lo que quiero?