Y justo enlazando con El tiempo dentro de una bola, de mi anterior entrada, no dejo de pensar en que todos y cada uno de nosotros tenemos ese pensamiento de continuidad. La famosa magdalena de Proust es el ejemplo de la linealidad de nuestra vida en la que se entrelazan el pasado y el presente. No existe el futuro, es solamente un presente, una inmediatez que caduca en pocos segundos.
Hay algo inquietante en la idea del presente: creemos vivir en él, sostenerlo, habitarlo… pero en cuanto intentamos atraparlo, ya se ha convertido en pasado. El presente es, quizá, la ilusión más persistente que tenemos.
Marcel Proust entendió esto mejor que nadie en En busca del tiempo perdido. En una de las escenas más célebres de la literatura, el narrador moja una magdalena en té y, al probarla, algo inesperado sucede: no recuerda deliberadamente, sino que el pasado lo invade. No es un acto consciente, sino una irrupción. La infancia regresa no como recuerdo, sino como experiencia viva.
La famosa “magdalena de Proust” no habla del pasado, sino de la fragilidad del presente. Porque lo que creemos estar viviendo “ahora” es, en realidad, un punto infinitamente delgado entre lo que ya ha ocurrido y lo que aún no ha llegado. Un instante tan breve que no puede ser habitado.
Filósofos como San Agustín ya se preguntaban: si nadie me lo pregunta, sé qué es el tiempo; si intento explicarlo, no lo sé. Para él, el presente no es más que una tensión: el pasado vive en la memoria, el futuro en la expectativa, y el presente… en la atención. Pero esa atención es fugaz, casi inexistente.
Así, cuando Proust muerde la magdalena, no está en el presente. Está en un pasado que vuelve con más intensidad que cualquier “ahora”. Quizá por eso la memoria involuntaria resulta tan poderosa: rompe la ilusión de linealidad del tiempo.
El presente, entonces, no es un lugar. Es un límite. Un borde imposible de fijar.
Y tal vez por eso escribimos: para intentar darle cuerpo a ese instante que no se deja atrapar.No existe el futuro. Es una bola, hay una bola. Siento que dentro de mí hay una especie de bola donde se encuentra mi yo, y con él, todas las personas importantes en mi vida: mis recuerdos, mi pasado, mis deseos, mis miedos, mis dudas, mis ilusiones, mi presente fugaz , es decir, mi futuro. Todo mezclado. Todo ocurriendo al mismo tiempo, no en un orden sino en un flujo circular constante. Y si fuese esa la verdad individual y única: una suma caótica de momentos, emociones y pensamientos que se superponen sin pedir permiso. Cada uno, la suya. Falta la intersección.