Hablo desde el conocimiento de quien ha dedicado su vida a la música y desde la preocupación por el lugar que ocupa en nuestra sociedad. No son palabras ingenuas ni aleatorias, sino el deseo de vivir en un mundo lleno de porqués.
Los conservatorios en España se encuentran en una encrucijada. Mantener la excelencia de su tradición musical mientras se adaptan a las exigencias del siglo XXI es clave para su supervivencia y relevancia. Apostar por la innovación, la equidad territorial y una mayor conexión con la realidad profesional no es solo deseable, sino necesario, porque la música no es solo una disciplina académica ni una profesión: es una forma de lenguaje universal que acompaña al ser humano desde sus orígenes. No es estrictamente necesaria para la supervivencia biológica, pero sí lo es para la vida emocional, cultural y social. En ese sentido, los conservatorios no solo forman músicos, sino que preservan una de las expresiones más profundas de la humanidad.
No pretendo ensalzar a unos ni dejar de lado a otros, pero creo que estamos viviendo una crisis social en la que las artes están diluyéndose como una pintura al agua. ¿Quién es Beethoven? ¿Y Liszt? ¿Quiénes son los grandes compositores e intérpretes que han hecho que lleguemos hasta aquí? ¿Con quién se reunía Debussy? ¿Y Virginia Woolf? ¿Dónde estamos ahora?
En algún sitio he leído que la capacidad de asombro es fuente del deseo de saber. La curiosidad nos impulsa a formular preguntas y a descubrir realidades. Hay muchas formas de mirar la realidad, pero la realidad es una. Y nuestra sociedad ha olvidado lo que nos ofrece la cultura. Lo que cambia es nuestra perspectiva, nuestra capacidad de comprenderla y las historias que construimos para darle sentido. El arte no solo nos permite ver la realidad de otra manera, sino que transforma a quien mira. ¿Estamos dispuestos a esa transformación?
Por lo tanto, más que cuestionar la vigencia de la música clásica o de cualquier otra forma de expresión, resulta necesario reivindicar el conservatorio como un punto de partida imprescindible en la construcción de cualquier trayectoria musical sólida. Es en estos espacios donde el talento deja de ser una intuición y se convierte en una capacidad desarrollada y consciente. Espacios en donde el arte y la vida se encuentren, para dejar constancia de que la música se convierte en una manera de vivir y de comunicar.
La música, como lenguaje universal, merece un sistema educativo que esté a la altura de su potencial transformador.